
Hace muy poco descubrimos este libro de 1929 y sobre todo a su autor Julio Camba, del que sin duda tendremos que leer mucho más. La casa de Lúculo es un profundo ensayo (casi antropológico) sobre la gastronomía con mucho humor, ironía y sobre todo, gran conocimiento del arte de comer.
El libro comienza con una serie de teorías entre la gastronomía y la ciencia. El siguiente capítulo está dedicado a la cocina española donde comienza con una asertación de las que hacen época “La cocina española está llena de ajo y de preocupaciones religiosas”, los siguientes capítulos son para las cocinas de distintos países y de distintos orígenes como la vegetariana e incluso la antropófaga.
El libro sigue con capítulos sobre técnicas culinarias, vinos, platos populares españoles y pescados de mar, pero nos vamos a detener en el capítulo en que como buen gallego, pone especial interés, el marisco:
De las langostas (hoy casi desaparecidas en nuestras costas) dice que “nada tan sencillo ni tan rico como una langosta asada en su propia cáscara sobre las brasas” y también recomienda otras preparaciones francesas de la langosta.
Del centollo dice que “Los antiguos erigieron al centolla en símbolo de prudencia y el consejo, porque, siempre que muda el carpacho, este animal se oculta entre las algas”.
De las nécoras apunta que son los únicos crustáceos que conocen los madrileños, ya que es capaz de resistir los cuatro o cinco días de tren de la costa a la capital.
“Los mejores percebes son los percebes de uña, gordos y pequeños, que se crían al embate de las olas en la parte de roca más expuesta al sol. En mi tierra, las mujeres no cuecen estos percebes más que durante el tiempo necesario para rezar un Padrenuestro”, a lo que añade que “unos percebes cocidos al reloj no podrán servirse nunca más que en esas mesas heterodoxas de los cafés madrileños”.
Describe como uno de sus deportes la pesca de la navaja o longueirón y nos explica su truco para cojerlas al esconderse éstas en la arena. Cuando baja la marea “basta con poner un grano de sal gorda sobre el pequeño orificio que ha dejado el longueirón”, de esa manera la navaja cree que ha subido la marea y sale al exterior.
Pero sin duda el marisco con el que el autor no repara en exaltaciones es el erizo de mar; “El erizo es un extracto de mar, un hálito de borrasca, una esencia de tempestades. Al primero que uno se toma, la boca no se le hace simplemente agua; se le hace agua de mar, con todos los olores y los sabores marinos.” y que “No hay marisco que sintetice el mar de un modo tan perfecto como el erizo”.
El libro sigue con humor, inteligencia y apuntes curiosos para aquella época como que “El ferrocarril ha matado la mayoría de mesones, ventas, fondas, posadas y paradores que acogían al viajero en los antiguos caminos; pero el automóvil va resucitándolos”.
El libro termina con una lista de “Normas del perfecto invitado” y aunque todas son para no olvidar, la mejor dice “Cuando en el restaurante le pase a usted el anfitrión la lista de vinos con el designio evidente de que elija usted el más barato, elija usted el más caro. Así los anfitriones irán aprendiendo a elegir por si mismos unos vinos pasables”.